Somos energía, que te parece.

Somos energía, la ciencia ya lo ha demostrado. Pensamos que somo materia, porque nuestros sentidos actuales nos impiden percibir mucho más (bueno, a la mayoría), sin embargo, tal como lo dijo Max Plank ganador del premio novel, Físico alemán, inventor de la Teoría Cuántica. «Como hombre que ha dedicado su vida entera a la más clara y superior ciencia, al estudio de la materia, yo puedo decirles que como resultado de mi investigación acerca del átomo, lo siguiente: No existe la materia como tal. Toda la materia se origina y existe sólo por la virtud de una fuerza la cual trae la partícula de un átomo a vibración y mantiene la más corta distancia del sistema solar del átomo junta. Debemos asumir que detrás de esta fuerza existe una mente consciente e inteligente. Esta mente es la matriz de toda la materia».

Así que vayamos convenciéndonos de esta realidad, somos energía. Ahora bien, cuando hoy día hablamos sobre energía, este espacio tiene buena energía, esa persona me baja la energía, aquella tiene buena vibra o mala vibra, pues si, es cierto, estamos vibrando con determinada energía y nos sentimos atraídos o repelidos por las energías que nos rodean. De acuerdo con los estudios de la energía, la energía no se destruye, pero se transforma, por ello algunas veces vibramos con altas energías y nos sentimos contentos, emocionados o con bajas energías, que nos dejan extenuados, molidos, tristes o con rabia, desespero y aburrimiento.

Los pensamientos que tenemos con mayor frecuencia, generan nuestros estados de ánimos y por lo tanto nuestra vibración energética; esta energía irradiada atrae energías similares, tu campo energético se confunde con el de los demás y por ello te rodeas de personas que piensan y sienten de forma empatía con tu manera de pensar y sentir, nos volvemos imanes para aquellos que vibran de forma similar.

Ahora vale la pena, que te hagas la siguiente pregunta: ¿Qué tipo de energía quieres tener?

Te invito a que primero que todo, escuches tu cuerpo, tus emociones, tu mente y empieces a analizar y a entender que ocurre, cuales son tus pensamientos más frecuentes, que es lo que te hace sentirte mal o bien, que emociones consideras que están asociadas con cada estado de animo, ahora… ¿estas reprimiendo tus emociones? O las vives, las sientes y las dejas fluir. Mira con cuidado también el tipo de personas que se acerca a ti, que energías manejan, como te sientes cuando estas con ellos.

Sean cuales sean los resultados de tu análisis, no importa, recuerda que la energía la podemos transformar, ¿cómo? Transformando nuestros pensamientos, es decir nuestras creencias y sacando de nuestro sistema todos los bloqueos que nos mantienen amarrados y nos dejan avanzar.

Por qué hay personas que siempre se les ve contentas independientemente de los éxitos o fracasos que tengan en sus vidas y en cambio hay otras que siempre se están quejando y aún cuando las cosas les resultan siempre encuentran la manera de criticarse y de amargarse por el resultado. Por qué bajo los mismos patrones, culturas, estudios algunas personas son muy prosperas y a otras a duras penas ganan para vivir.

Sean cuales sean los resultados de tu análisis, no importa, recuerda que la energía la podemos transformar, ¿cómo? Transformando nuestros pensamientos, es decir nuestras creencias y sacando de nuestro sistema todos los bloqueos que nos mantienen amarrados y nos dejan avanzar.

Por qué hay personas que siempre se les ve contentas independientemente de los éxitos o fracasos que tengan en sus vidas y en cambio hay otras que siempre se están quejando y aún cuando las cosas les resultan siempre encuentran la manera de criticarse y de amargarse por el resultado. Por qué bajo los mismos patrones, culturas, estudios algunas personas son muy prosperas y a otras a duras penas ganan para vivir.

La respuesta más simple a todo esto es que somos lo que creemos y las creencias que tenemos son potenciadoras y nos orientan al éxito o son limitantes y nos hacen vivir llenos de angustia y preocupación impidíendonos el logro de nuestras metas. La buena noticia es que esto es completamente moldeable si estás dispuesto a hacerlo. Puedes iniciar nuevos hábitos que te permitan llegar a donde quieres y prosperar en los ámbitos que necesitas, si trabajas esto teniendo en cuenta que todo lo que creemos y somos son hábitos que hemos generado a lo largo de nuestras vidas y que, por lo tanto, están abiertos a cambios, puedes elevar rápidamente tu nivel de conciencia y lograr cosas que ahora consideras imposibles. Es frecuente en mi consulta trabajar el tema de la prosperidad, la autoestima, la seguridad, las relaciones interpersonales que son comportamientos estrechamente relacionados con creencias limitantes, cuando cambiamos las creencias y eliminamos los bloqueos que ellas han generado, se abre un tablero en blanco en nuestra vida, listo para ser llenado de cosas nuevas y maravillosas.

Ahora la pregunta es ¿Cómo logro cambiar mis pensamientos y eliminar mis bloqueos?

La respuesta a esta pregunta es trabajando con el subconsciente. En nuestro subconsciente, se encuentra almacenada toda esta información, no se como lo guarda, pero si se como se transforma. Hay muchas técnicas para transformar el subconsciente, pero yo utilizo el Método Integra que diseño el español Ricardo Eiriz, porque es fácil, no tienes que sufrir (no tienes que recordar eventos que te hicieron daño), es rápido (vas al subconsciente que trabaja a 20.000.000 cps) y con simples herramientas eliminas acuerdos karmicos, bloqueos, emocionales, traumas emocionales, introduces creencias, liberas espíritus y energías negativas… ¿Qué mas quieres, quieres mas?

Te invito a que me visites en mi página Web y conozcas más sobre la transformación del subconsciente y el manejo de tu energía. www.felizefectivo.com dale un like a mi pagina de Facebook: www.facebook.com/felizefectivo, o escríbeme a esperanza@felizefectivo.com

Soy Esperanza Bedoya Vargas, en otra vida Ingeniero de sistemas especializada en estrategias de la Cadena de Abastecimiento, ahora orientadora del Método Integra para elevar el nivel de conciencia del planeta y muy feliz.

Llega a Colombia metodología dedicada a la transformación interior permanente

• La Metodología Integra enseña a las personas, desde el subconsciente, a tomar el control de sus vidas.
• La plenitud de la felicidad es uno de los objetivos de la Metodología Integra.
• Colombia ya cuenta con esta Metodología, que es compartida a través de cursos presenciales y privados.

Bogotá; D.C. Junio de 2017.

Con la intención de transformar el subconsciente de los individuos para permitirle la resolución de cualquier tipo de conflicto, llega a Colombia la Metodología Integra.

Esperanza Bedoya, consultora certificada en el Método Integra, explica que a través de sencillas técnicas de psicología energética- que permiten el acceso al nivel subconsciente- se alcanza la integración de los dos hemisferios del cerebro y se transforman las creencias necesarias para el desarrollo e interiorización de cada hábito.

La especialista amplía que “la Metodología Integra se ha convertido en un método formativo del nivel subconsciente, que permite desarrollar los hábitos o patrones de comportamientos para el logro de cualquier proposito. Por tal motivo está diseñada para ser utilizada en el desarrollo de cualquier tipo de meta o patologia”.

Integra permite, entre otras cosas, analizar y transformar aquello que no gusta de sí mismo, saberse guiar y guiar a otros a resolver sus problemas o alcanzar sus metas, desbloquear o liberar emociones, reprogramar las creencias, deshacerte de la necesidad de terapeutas, asumir la responsabilidad que cada uno tiene de su vida, saber cómo funciona la mente de las personas, convertirse en el programador de su vida, superar traumas emocionales y liberar lealtades emocionales.

Gracias a la iniciativa de un grupo de profesionales en salud personal, la Metodología Integra llega a Colombia, a través de talleres que enseñan a utilizar la metodología con detalle, incluyendo todas las técnicas necesarias de acceso al subconsciente que permiten resolver los conflictos mencionados.

Los cursos son avalados por la Organización Método Integra de Barcelona – España, que entrega directamente el certificado de asistencia y da derecho a repetir el taller las veces que la persona considere necesarias, en cualquier parte del mundo y con un único costo de logística.

Acerca de Esperanza Bedoya
Esperanza Bedoya es instructor y consultor certificada en la Metodología Integra. En el area de desarrollo personal ha profundizado en estudios de Reiky, reflexologia, par-Biomagnectivo. En el ambito empresarial es Investigadora especializada en proyectos de planeación estratégica de logística empresarial y gerencia de la cadena de abastecimiento, desarrollo e implementación de estrategias de internet marketing. Conferencista frecuente en seminarios internacionales, congresos, programas internos y programas universitarios.

Lealtades Familiares

LEALTADES FAMILIARES

Los asuntos no resueltos de los sistemas familiares en generaciones anteriores y las injusticias cometidas dentro y fuera del sistema familiar pueden, inconscientemente, afectar la vida de las familias manifestándose en alguno o varios miembros del sistema, enfermedades inexplicables, depresiones, suicidios, relaciones conflictivas, trastornos físicos y psíquicos, dificultad para encontrar pareja, para prosperar, comportamientos conflictivos, etc.

Las lealtades familiares se mantienen hasta que el equilibrio se rompe por parte de algún miembro de la familia o sistema. Con las enseñanzas de este curso, tanto la identificación como la liberación de todas nuestras lealtades familiares se realiza en menos de cinco minutos.

 

 

Más allá de las creencias

Más allá de las creencias.
La clave esta en el subconsciente.

Hace pocos dias, tuve la oportunidad de ver esta interesante charla de  Ricardo Eiriz.

Quiero compartirla contigo. Espero que te guste….

https://www.facebook.com/GUSTAVOCARDENAS18/videos/10155251881393624/

Mayor Información:
Talleres y Consulta
Feliz Efectivo: www.felizefectivo.com
Método Integra: www.metodointegra.com
Facebook: www.facebook.com/felizefectivo

Esperanza Bedoya
Instructora y Consultora
Certificada en Método Integra

Qué es el electrómagnetismo

El electromagnetismo es considerado como una de las cuatro fuerzas fundamentales del universo actualmente conocido, las otras tres son: las Fuerzas nucleares, las Fuerzas débiles (Interacciones de decaimiento) y las Fuerzas de gravedad

Desde la antigua Grecia se conocían los fenómenos magnéticos y eléctricos pero no es hasta inicios del siglo XVII donde se comienza a realizar experimentos y a llegar a conclusiones científicas de estos fenómenos.1 Durante estos dos siglos, XVII y XVIII, grandes hombres de ciencia como William Gilbert, Otto von Guericke, Stephen Gray, Benjamin Franklin, Alessandro Volta entre otros estuvieron investigando estos dos fenómenos de manera separada y llegando a conclusiones coherentes con sus experimentos.

A principios del siglo XIX Hans Christian Ørsted encontró evidencia empírica de que los fenómenos magnéticos y eléctricos estaban relacionados.

Las ahora llamadas ecuaciones de Maxwell demostraban que los campos eléctricos y los campos magnéticos eran manifestaciones de un solo campo electromagnético. Además describía la naturaleza ondulatoria de la luz, mostrándola como una onda electromagnética.2 Con una sola teoría consistente que describía estos dos fenómenos antes separados, los físicos pudieron realizar varios experimentos prodigiosos e inventos muy útiles como la bombilla eléctrica por Thomas Alva Edison o el generador de corriente alterna por Nikola Tesla.3 El éxito predicitivo de la teoría de Maxwell y la búsqueda de una interpretación coherente de sus implicaciones, fue lo que llevó a Albert Einstein a formular su teoría de la relatividad que se apoyaba en algunos resultados previos de Hendrik Antoon Lorentz y Henri Poincaré.

En la primera mitad del siglo XX, con el advenimiento de la mecánica cuántica, el electromagnetismo tenía que mejorar su formulación con el objetivo de que fuera coherente con la nueva teoría. Esto se logró en la década de 1940 cuando se completó una teoría cuántica electromagnética o mejor conocida como electrodinámica cuántica.

La electrodinámica cuántica (QED acrónimo en inglés de Quantum Electrodynamics), es una de las teorías más precisas de cuantas que se crearon en el siglo XX. Es capaz de hacer predicciones de ciertas magnitudes físicas con hasta veinte cifras decimales de precisión, un resultado poco frecuente en las teorías físicas anteriores. Por esa razón la teoría fue llamada “la joya de la física”
La electricidad es el fundamento de la vida. Hace miles de años que la medicina china conoce la naturaleza eléctrica del cuerpo. Según ellos todas las enfermedades tienen su origen en bloqueos energéticos que ocurren en el cuerpo.

Es conocido que el cerebro y el corazón funcionan con impulsos eléctricos, que se miden, respectivamente, en los encefalogramas y en los electrocardiogramas, pero el funcionamiento de todo el organismo en su conjunto se basa en la electricidad. Todas las células se comunican mediante impulsos electromagnéticos, al ser el medio de comunicación más rápido.

El conocido ingeniero electrónico de origen ruso Georges Lakhovsky inventó en 1935 un oscilador de onda múltiple con el que eliminó numerosas patologías en humanos, animales e incluso plantas. En los años 60 el físico Robert Beck retomó el trabajo de Lakhovsky, que culminó con la creación de un pequeño dispositivo que emitía microcorrientes. Según Beck, el rango de frecuencias de múltiples longitudes de onda de su dispositivo permite que cada célula encuentre su única frecuencia resonante, y se regenere al absorber energía de la longitud de onda que le es propia.

La aplicación de microcorrientes se lleva usando mucho tiempo en el caso de mordeduras de serpiente, puesto que la electricidad neutraliza instantáneamente la toxicidad del veneno.

Más recientemente, las investigaciones realizadas in vitro en 1990 en el Colegio de Medicina Albert Einstein de Nueva York reportaron que el uso de microcorrientes (50-100 microamperios, equivalente a la corriente que emite un marcapasos) inhabilitaba una enzima crucial para la reproducción del virus del Sida. Por supuesto, los medios de comunicación no se hicieron eco de este descubrimiento susceptible de salvar la vida de miles de personas a un costo prácticamente despreciable.

Se ha comprobado que la electricidad promueve la curación de fracturas en los huesos y estimula su crecimiento. En un experimento científico se aplicaron microcorrientes a una muestra de sangre. El análisis bajo microscopio reveló que permanecía viva muchos días después de que la sangre no tratada hubiera muerto.

Todos los seres vivos emiten una determinada frecuencia. En general, cuanto más primitivo es el organismo, más baja es su frecuencia; cuanto más evolucionado el organismo, mayor será ésta. La frecuencia humana oscila entre 1.520 y 9.460 KHz, mientras que la frecuencia de los patógenos (hongos, virus, bacterias, parásitos, etc.) se mueve entre 77 y 500 KHz. Al tratar a los invasores vivos dentro de nuestro organismo con la frecuencia correspondiente a su espectro, mueren a los pocos minutos.

Actualmente es conocido que el electromagnetismo permite eliminar bloqueos emocionales causantes de multiples enfermedades. El Método Integra, desarrollado por Ricardo Eiriz, utiliza el esta ciencia no solamente para eliminar bloqueos emocionales, sino tambien para eliminar Karmas, Lealtades, traumas, entre otras muchas vibraciones de baja frecuencia.

Aprende a respirar cuando las emociones te desbordan

Fuente: Adriana Reyes Zendrera. Tomado de La mente es maravillosa.

 Las emociones son como brújulas que nos guían, empujándonos a la acción en la mayoría de los casos (no en todos, piensa por ejemplo, que el miedo puede tener un efecto paralizante). Ahora bien, ¿qué pasa cuando dejamos que las emociones tomen el mando, con toda su energía, sin control ninguno? En primer lugar, lo más probable es que nos pasemos de intensidad a la hora de actuar, algo que puede llegar a influir en nuestra autoestima, especialmente en la seguridad que mostramos en nosotros mismos. 

Lograr un equilibro emocional es un proceso que requiere práctica y entrenamiento. Imagina que necesitas subirte a una montaña rusa diariamente, para sentirte descargado y motivado. Aunque en el momento puede ser que te siente bien la intensidad emocional, luego es posible que termines agotado de tanta subida y bajada emocional. Es más, lo más probable es que termines desorientado y poniendo en cuestión todos los proyectos de tu vida.

¿Por qué las emociones te desbordan?

¿Necesitas expresar las emociones intensamente para sentir que estás vivo? El desborde emocional a menudo va asociado con el dramatismo o la exageración. Pero no siempre tiene por qué ser así. Puede que necesites sentir las emociones y expresarlas con mucha intensidad, que sea tu manera de mostrar lo que sientes y/o que no sepas hacerlo de otra forma.

La intensidad emocional también se ha relacionado a personas que son altamente sensibles, con gran empatía y capacidad para ponerse en la piel de los demás. Las personas a las que les afecta todo de una manera muy grande, pueden experimentar culpa o autoexigencia.  Piensa que no es fácil gestionar la propia emoción que produce sentirse sobrepasado por las emociones todo el tiempo.

Las emociones son como olas, que vienen y se van

Todas las emociones son válidas y necesarias para tu desarrollo: todas ellas tienen una función adaptativa. No hay emociones buenas o malas, y tampoco maneras de sentir mejores ni peores. Es importante que te permitas sentir todas las emociones, encontrando una manera para que te sean más llevaderas.

Toda emoción, por muy intensa que sea, al final, se va si la dejas salir. Las emociones son como olas, que vienen y se van, pero es importante que no te dejes arrastrar por ellas. No permitas que te inunden y para ello intenta buscar la manera más sana para que se expresen .

La respiración es la base para que tus emociones cambien

La respiración es el pilar que sustenta todas nuestras emociones. Según como respiremos, vamos a sentir la emoción con una intensidad u otra e incluso puede condicionar el tipo de emoción que predomine en nosotros. Por ejemplo, si respiras de forma más agitada y rápida, es posible que puedas conectar con la angustia, la ansiedad o el enfado. En cambio, si puedes pausar tu respiración y centrarte en expulsar más aire del que entra por tus fosas nasales, seguramente vas a poder estar más tranquilo mismo.

 

La ansiedad, el miedo, el estrés que sientes pueden producirte falta de aire o respiraciones rápidas y superficiales. Por otro lado, respirar más lento ayuda a tu cuerpo a permanecer en un estado más relajado.

Aprende a respirar cuando tus emociones te desbordan

Para aprender a respirar cuando tus emociones que te desbordan, primero, es necesario:

Identificar tus sensaciones físicas

Observa si está sintiendo un nudo en la garganta, una bola en el estómago, una sensación de cosquilleo en la espalda…

Observar qué emoción básica hay detrás de tu sensación física

Tenemos 4 emociones básicas que surgen detrás de cualquier sensación corporal que experimentemos. Ponerle nombre a lo que te pasa, te ayudará a dar sentido a tu experiencia.

Respirar la emoción y expresarla

Dale espacio a la emoción en toda su intensidad, no intentes controlar tus emociones. El control te lleva a la represión emocional. Si puedes simplemente respirar, ya la estarás gestionando de forma diferente.

Si te encuentras con el enfado déjalo enfriar o suéltalo sin dañarte

En vez de acumular y después expresar tu enfado, como una bomba hacia los demás, puedes esperar a que la emoción se enfríe y luego buscar una manera más asertiva de expresar lo que sientes.

Si aún así necesitas soltar tu enfado para que no te desborde, puedes, sin hacerte daño, buscar una manera de canalizarlo. Por ejemplo, un cojín, una toalla que retuerzas, una botella de plástico que puedas aplastar siempre pensando en aquello que te enfada, cuanto más concreto seas al expresar la emoción, mejor. Se trata de liberar la propia energía física que tiene la propia emoción.

 

Un ejercicio práctico para trabajar con tu respiración y las emociones

Exhalar (dejar salir el aire lentamente) es lo que se asocia con la relajación. En cambio, la inhalación (meter aire), se asocia más con el estrés o ansiedad. Por otro lado, piensa que aprender respirar con tranquilidad requiere práctica diaria. Podemos dividir dicha práctica en cinco pasos:

  • Respira con normalidad por la nariz con la boca cerrada.
  • Deje salir el aire lentamente por la nariz con la boca cerrada.
  • Al dejar salir el aire, repite mentalmente la palabra “calma” o “relajado” (o alguna otra palabra que encuentres relajante), muy lentamente.
  • Cuenta lentamente hasta cuatro y luego vuelve a inhalar aire.
  • Practica este ejercicio varias veces al día, realizando entre 10 a 15 respiraciones cada vez.

Cuanto más practiques tu respiración más fácil a va a ser que puedas gestionar tus emociones, en vez de que ellas te inunden o sobrepasen. El equilibrio emocional está directamente relacionado con que puedas aprender a usar tus emociones para comunicarte contigo y con los demás de una forma sana. 

¿Éramos más felices en la Edad de Piedra?

La existencia de los seres humanos ha mejorado de forma evidente a lo largo de los siglos. Pero una vida más fácil y segura no siempre es una vida más libre y feliz. Algunos avances han exigido un precio elevado. Y no sabemos si estamos preparados para los cambios que se avecinan.

Fuente: Yuval Noah Harari.   Traducción de Daniel Gascón.  Aparecido originalmente en The Guardian. Ver publicación

Somos mucho más poderosos que nuestros antepasados, pero ¿somos más felices? Los historiadores no suelen detenerse a meditar sobre esa cuestión, pero, en último término, ¿no trata de eso la historia? Nuestra comprensión y nuestra valoración de, digamos, la expansión mundial de la religión monoteísta depende de si creemos que elevó o rebajó los niveles globales de felicidad. Y, si la expansión del monoteísmo no hubiera tenido un impacto perceptible en la felicidad global, ¿qué supondría eso?

Con el ascenso del individualismo y el declive de las ideologías colectivistas, es posible que la felicidad se esté convirtiendo en el valor supremo. Con el enorme crecimiento de la producción humana, la felicidad también está adquiriendo una importancia económica sin precedentes. Las economías de consumo se centran cada vez más en aportar felicidad en vez de subsistencia o incluso prosperidad, y un coro de voces pide la sustitución del Producto Interior Bruto por medidas que incluyan estadísticas de felicidad como criterio económico básico. La política parece seguir esa corriente. El derecho tradicional a la “búsqueda de la felicidad” se transforma de forma imperceptible en un derecho a la felicidad, y eso significa que garantizar la felicidad de los ciudadanos se convierte en un deber del gobierno. En 2007 la Comisión Europea lanzó “Más allá del pib” para evaluar si era factible utilizar un índice de bienestar que sustituyera o completara el pib. Iniciativas similares se han desarrollado en numerosos países, de Tailandia a Canadá, de Israel a Brasil.

La mayoría de los gobiernos se centran todavía en alcanzar el crecimiento económico, pero cuando se les pregunta por las bondades del crecimiento, incluso los capitalistas más intransigentes se remiten, casi de forma invariable, a la felicidad. Imaginemos que arrinconáramos a David Cameron y le preguntásemos por qué le importa tanto el crecimiento económico. “Bueno –podría responder–, el crecimiento es esencial para dar a la gente niveles de vida más elevados, mejor atención médica, casas más grandes, coches más rápidos, helados más sabrosos.” Y, podríamos insistir, ¿por qué es tan bueno que los niveles de vida sean más elevados? “¿No está claro? –podría responder Cameron–. Hace feliz a la gente.”

En aras de la discusión, imaginemos que pudiéramos probar de manera científica que unos niveles de vida más elevados no se traducen en una mayor felicidad. “Pero, David –diríamos–, mira estos estudios históricos, psicológicos y biológicos. Demuestran, fuera de toda duda razonable, que tener casas más grandes, helados más sabrosos e incluso mejores medicinas no incrementa la felicidad humana.” “¿En serio? –respondería–. ¿Por qué nadie me lo había dicho? En ese caso, olvida mis planes de impulsar el crecimiento económico. Voy a dejarlo todo y entrar en una comuna hippie.”
Este escenario resulta bastante improbable, y no solo porque de momento apenas tenemos estudios a largo plazo de la historia de la felicidad. Los investigadores han estudiado la historia de prácticamente todo –la política, la economía, las enfermedades, la sexualidad, la comida–, pero pocas veces se han preguntado cómo influyen esos elementos en la felicidad humana. A lo largo del último decenio, he escrito una historia de la humanidad, rastreando la transformación de nuestra especie desde un insignificante simio africano al amo del planeta. No fue fácil entender qué convirtió al Homo sapiens en un asesino ecológico en serie, por qué los hombres han dominado a las mujeres en la mayor parte de las sociedades humanas, o por qué el capitalismo se ha convertido en la religión de más éxito que haya existido.

No fue fácil afrontar esas preguntas porque los estudiosos han ofrecido muchas respuestas distintas y contradictorias. En cambio, a la hora de evaluar el aspecto básico –si miles de años de inventos y descubrimientos nos han hecho más felices–, resultaba sorprendente ver que los estudiosos han rechazado incluso plantearse la pregunta. Esta es la mayor laguna en nuestra comprensión de la historia.

Aunque pocos eruditos han estudiado la historia a largo plazo de la felicidad, casi todo el mundo tiene cierta idea. Una preconcepción habitual –que a menudo se denomina “la idea whig de la historia”– ve la historia como el triunfal avance del progreso. Cada milenio ha presenciado nuevos descubrimientos: la agricultura, la rueda, la escritura, la imprenta, el motor de vapor, los antibióticos. En general, los humanos utilizan nuevos poderes para aliviar sus miserias y cumplir sus aspiraciones. De ahí se colige que el crecimiento exponencial del poder humano debe haber producido un crecimiento exponencial de la felicidad. Las personas que viven en la modernidad son más felices que la gente que vivía en la Edad Media y la gente que vivía en la Edad Media era más feliz que la que vivió en la Edad de Piedra.

Pero esa visión de progreso es muy controvertida. Aunque pocos discutirían el hecho de que el poder humano ha crecido desde el alba de la historia, la correlación entre poder y felicidad resulta mucho menos clara. La llegada de la agricultura, por ejemplo, aumentó el poder colectivo de la humanidad en varios órdenes de magnitud. Pero no mejoró necesariamente el destino del individuo. Durante millones de años, los cuerpos y las mentes humanos se habían adaptado a correr tras las gacelas, a subir a los árboles para coger manzanas y a oler aquí y allá en busca de setas. La vida del campesino, en cambio, incluía largas horas de duro trabajo agrícola: arar, arrancar malas hierbas, cosechar y llevar cubos de agua desde el río. Ese estilo de vida perjudicaba la espalda, las rodillas y las articulaciones de los individuos y entumecía su mente.

A cambio de todo este duro trabajo, los campesinos tenían una dieta peor que los cazadores-recolectores y padecían más la malnutrición y el hambre. Sus atestados asentamientos se convirtieron en hervideros de enfermedades infecciosas, la mayoría de las cuales tenían su origen en los animales domesticados de las granjas. La agricultura también abrió camino a la estratificación social, la explotación y posiblemente el patriarcado. Desde el punto de vista de la felicidad individual, la “revolución agrícola” fue, en palabras de Jared Diamond, “el peor error en la historia de la raza humana”.
El caso de la revolución agrícola no es una sola aberración, sin embargo. El avance del progreso desde las primeras ciudades-Estado de los sumerios hasta los imperios de Asiria y Babilonia se vio acompañado por el deterioro constante del estatus social y la libertad económica de las mujeres. Pese a todos sus maravillosos descubrimientos e inventos, el Renacimiento europeo benefició a pocas personas aparte de las élites masculinas. La expansión de los imperios europeos impulsó el intercambio de tecnologías, ideas y productos, pero eso no fue una noticia demasiado buena para millones de nativos americanos, africanos y aborígenes australianos.

No hace falta elaborar mucho más la observación. Los estudiosos han destruido la visión whig de la historia de una manera tan completa que la única pregunta que sigue en pie es: ¿por qué hay tanta gente que continúa creyendo en ella?

Hay una preconcepción común pero totalmente opuesta, que podríamos llamar “la idea romántica de la historia”. Esta defiende que existe una correlación inversa entre el poder y la felicidad. A medida que la humanidad ganaba más poder, creó un mundo frío y mecanicista, que está mal preparado para nuestras necesidades reales.

Los románticos nunca se cansan de encontrar el lado oscuro de todo descubrimiento. La escritura permitió impuestos extorsionadores. La imprenta engendró la propaganda de masas y el lavado de cerebro. Los ordenadores nos convierten en zombis. La crítica más dura se reserva para la ominosa trinidad de industrialización, capitalismo y consumismo. Esos tres tormentos han alienado a la gente de sus entornos naturales, de sus comunidades humanas e incluso de sus actividades diarias. El empleado de una fábrica no es más que una pieza del engranaje, un esclavo de los requisitos de las máquinas y los intereses del dinero. Aunque la clase media disfrute de mejores condiciones laborales y de muchas comodidades materiales, paga un alto precio en desintegración social y vacío espiritual. Desde una perspectiva romántica, las vidas de los campesinos medievales eran preferibles a las de los trabajadores de las fábricas y las oficinas de la modernidad, y las vidas de los recolectores de la Edad de Piedra eran las mejores de todas.
Pero la insistencia romántica en ver el lado oscuro de toda novedad es tan dogmática como la creencia whig en el progreso. Por ejemplo, a lo largo de los dos últimos siglos la medicina moderna ha hecho retroceder al ejército de enfermedades que acosaban a la humanidad, desde la tuberculosis hasta el sarampión, pasando por el cólera y la difteria. La esperanza media de vida se ha disparado y la mortalidad infantil global ha caído desde el 33% a menos del 5%. ¿Puede alguien dudar de que esto supone una gran contribución a la felicidad, no solo de los niños que podrían haber muerto sino también de sus padres, hermanos y amigos?

Una visión más matizada coincide con los románticos en que, hasta la era moderna, no había una clara correlación entre el poder y la felicidad. Los campesinos medievales bien podían haber sido más desdichados que sus antepasados cazadores-recolectores. Pero los románticos se equivocan al juzgar tan ásperamente la modernidad. En los últimos siglos no solo hemos obtenido inmensos poderes, sino que, de manera más determinante, nuevas ideologías humanistas han colocado finalmente nuestro poder colectivo al servicio de la felicidad individual. A pesar de algunas catástrofes, como el Holocausto y el tráfico de esclavos en el Atlántico (dice esta versión), al final hemos doblado la esquina y hemos comenzado a aumentar la felicidad global de manera sistemática. Los triunfos de la medicina moderna son solo un ejemplo. La lista de logros sin precedentes incluye el declive de las guerras internacionales, la caída dramática de la violencia doméstica y la eliminación de las hambrunas masivas. (Véase Los ángeles que llevamos dentro, de Steven Pinker.)

Sin embargo, eso también es una simplificación exagerada. Solo podemos felicitarnos por los logros del moderno Homo sapiens si ignoramos por completo el destino de otros animales. Buena parte de la riqueza que protege a los humanos de la enfermedad y la hambruna se acumuló a costa de monos de laboratorio, vacas lecheras y pollos en cintas transportadoras. Decenas de miles de millones de ellos han sido sometidos en los últimos dos siglos a un régimen de explotación industrial, cuya crueldad carece de precedentes en los anales del planeta Tierra.

En segundo lugar, el marco temporal del que estamos hablando es extremadamente corto. Aunque nos centremos únicamente en el destino de los seres humanos, es difícil argumentar que la vida de un minero del carbón en Gales o de un agricultor chino de 1800 era mejor que la de un recolector medio de hace veinte mil años. La mayoría de las personas solo empezó a disfrutar de las ventajas de la medicina moderna después de 1850. Las hambrunas masivas y las grandes guerras continuaron atormentando a buena parte de la humanidad hasta mediados del siglo XX. Aunque los últimos decenios hayan sido en términos relativos una edad dorada para la humanidad en el mundo desarrollado, es demasiado pronto para saber si eso representa un cambio fundamental en las corrientes de la historia o una efímera oleada de buena suerte: sencillamente, cincuenta años no es un periodo lo bastante largo como para basar en él amplias generalizaciones.

De hecho, la edad dorada contemporánea podría haber sembrado las semillas de una catástrofe futura. A lo largo de los últimos decenios, hemos perturbado el equilibrio ecológico de nuestro planeta de muchas maneras distintas, y nadie sabe cuáles serán las consecuencias. Podemos estar destruyendo las bases de la prosperidad humana en una orgía de consumo temerario.

Aunque solo pensemos en los ciudadanos de las sociedades prósperas de la actualidad, los románticos podrían señalar que nuestra comodidad y seguridad tienen un precio. El Homo sapiens evolucionó como animal social, y nuestro bienestar se ve normalmente influido por la calidad de nuestras relaciones más que por nuestros servicios en casa, el tamaño de nuestra cuenta bancaria o incluso nuestra salud. Desafortunadamente, la inmensa mejoría en las condiciones materiales que los occidentales prósperos han disfrutado en el último siglo ha venido acompañada por el colapso de la mayoría de las comunidades íntimas.

Las personas que habitan el mundo desarrollado confían en el Estado y el mercado para casi todo lo que necesitan: comida, refugio, educación, salud, seguridad. Por tanto, se ha vuelto posible sobrevivir sin tener familias extensas o amigos de verdad. Una persona que viva en un rascacielos de Londres está rodeada de miles de personas dondequiera que vaya, pero quizá nunca ha entrado en el piso de su vecino y puede que sepa muy poco de sus compañeros de trabajo. Tal vez sus amigos solo sean compañeros del bar. Muchas amistades actuales entrañan poco más que hablar y pasarlo bien juntos. Nos encontramos con un amigo en un bar, lo llamamos por teléfono o le mandamos un correo electrónico, para descargar nuestra ira por lo que pasó en la oficina o compartir nuestras ideas sobre el último escándalo de la monarquía. Pero ¿hasta qué punto puedes conocer a una persona solo a partir de conversaciones?

Frente a esos compañeros de bar, los amigos de la Edad de Piedra dependían unos de otros para su mera supervivencia. Los seres humanos vivían en comunidades estrechamente unidas y los amigos eran gente con la que salías a cazar mamuts. Sobrevivías junto a ellos largos viajes e inviernos difíciles. Os cuidabais unos a otros cuando enfermabais y compartías con ellos los últimos trozos de comida en épocas de escasez. Esos amigos se conocían de forma más íntima que la mayoría de las parejas actuales. Sustituir esas precarias redes tribales por la seguridad de las economías y los Estados modernos tiene, obviamente, ventajas enormes. Pero es probable que la calidad y la profundidad de las relaciones íntimas hayan sufrido consecuencias.

Además de relaciones más superficiales, las personas contemporáneas también padecen un mundo sensorial mucho más pobre. Los antiguos recolectores vivían en el momento presente y eran agudamente conscientes de cada sonido, sabor y olor. Su supervivencia dependía de ello. Escuchaban el menor movimiento en la hierba para descubrir si ahí se podía estar ocultando una serpiente. Observaban de manera meticulosa el follaje de los árboles para descubrir frutos y nidos de pájaros. Olisqueaban el viento en busca de peligros que se acercaban. Se movían realizando el mínimo esfuerzo y ruido posibles, y sabían cómo sentarse, caminar y correr de la manera más ágil y eficiente. Un uso constante y variado de sus cuerpos les dio una destreza física que los humanos actuales no alcanzan tras años de yoga o tai chi.

Hoy podemos ir a un supermercado y elegir mil platos diferentes. Pero, sea lo que sea que elijamos, podemos comerlo deprisa delante del televisor, sin prestar verdadera atención a sus sabores. Podemos ir de vacaciones a mil lugares asombrosos. Pero, dondequiera que vayamos, es posible que jugueteemos con nuestro teléfono móvil, en vez de contemplar el sitio. Tenemos más opciones que nunca, pero ¿de qué sirven esas opciones, si hemos perdido la capacidad de prestar una verdadera atención?

Aunque no aceptemos la imagen de la riqueza del Pleistoceno sustituida por la pobreza moderna, está claro que el inmenso ascenso del poder humano no tiene una equivalencia en la felicidad humana. Somos mil veces más poderosos que nuestros antepasados cazadores-recolectores, pero ni el whig más entusiasta puede creer que seamos mil veces más felices. Si le contásemos a nuestra tatarabuela cómo vivimos, con vacunas, analgésicos, agua corriente y neveras llenas, probablemente uniría las manos con un gesto de asombro y diría: “¡Estás viviendo en el paraíso! Seguro que cada mañana te levantas con una canción y te pasas el día caminando bajo el sol, lleno de gratitud y de una amorosa amabilidad hacia todos.” Pues no. Comparado con lo que soñaba la mayoría de la gente, quizá vivamos en el paraíso. Pero, por alguna razón, no nos parece que lo hagamos.

Una explicación es la que han aportado los científicos sociales, que han descubierto hace poco una vieja verdad: nuestra felicidad depende menos de las condiciones objetivas que de nuestras propias expectativas. Las expectativas, sin embargo, tienden a adaptarse a las condiciones. Cuando las cosas mejoran, las expectativas suben, y por tanto incluso mejoras dramáticas en las condiciones nos dejan tan insatisfechos como antes. En su búsqueda de la felicidad, la gente está atrapada en la proverbial “cinta para correr hedónica” y corre cada vez más deprisa sin llegar a ningún sitio.

Si no lo cree, pregúntele a Hosni Mubarak. El egipcio medio tenía muchas menos posibilidades de morir a causa del hambre, la enfermedad o la violencia bajo Mubarak que bajo ningún régimen previo en la historia egipcia. Con toda probabilidad, el régimen de Mubarak también era menos corrupto. Sin embargo, en 2011 los egipcios salieron a la calle llenos de ira para derrocar a Mubarak. Porque tenían expectativas mucho más elevadas que sus antepasados.

De hecho, si la felicidad se ve profundamente influida por las expectativas, uno de los pilares centrales del mundo moderno, los medios de masas, parece casi diseñado para evitar aumentos significativos de los niveles de la felicidad global. Un hombre que viviera en un pueblo pequeño hace cinco mil años se medía frente a los otros cincuenta hombres del pueblo. En comparación, estaba bastante bien. Hoy, un hombre que viva en un pueblo pequeño se compara con estrellas de cine y modelos, que ve cada día en pantallas y anuncios gigantes. Nuestro pueblerino moderno tiene menos posibilidades de estar satisfecho con su aspecto.

Los biólogos evolutivos ofrecen una explicación complementaria para la cinta hedónica. Afirman que ni nuestras expectativas ni nuestra felicidad están determinadas por factores políticos, sociales o culturales, sino más bien por nuestro sistema bioquímico. Nadie alcanza la felicidad, argumentan, por obtener un ascenso o ganar la lotería, ni siquiera por encontrar el amor verdadero. Lo que hace feliz a la gente es solo una cosa: sensaciones agradables en el cuerpo. Una persona que acaba de ser ascendida y salta de alegría no está reaccionando a la buena noticia. Está reaccionando a varias hormonas que circulan por su flujo sanguíneo y a la tormenta de señales eléctricas que parpadean en distintas partes de su cuerpo.

La mala noticia es que las sensaciones agradables desaparecen con rapidez. Si el año pasado me ascendieron, quizá siga en el nuevo puesto, pero la sensación agradable que tuve desapareció hace mucho. Si quiero seguir percibiendo esas sensaciones, necesito otro ascenso. Y otro. Todo esto se debe a la evolución. La evolución no tiene un interés por la felicidad en sí: solo le interesan la supervivencia y la reproducción, y utiliza la felicidad y la miseria como meros aguijones. La evolución garantiza que, hagamos lo que hagamos, seguiremos insatisfechos, siempre intentaremos conseguir más. La felicidad es por tanto un sistema homeostático. Al igual que nuestro sistema bioquímico mantiene nuestra temperatura corporal y nuestros niveles de azúcar dentro de unos límites estrechos, también evita que nuestros niveles de felicidad se alcen por encima de ciertos umbrales.

Si en realidad la felicidad está determinada por nuestro sistema bioquímico, un crecimiento económico adicional, reformas sociales y revoluciones políticas no harán de nuestro mundo un lugar mucho más feliz. La única forma de subir dramáticamente los niveles globales de felicidad son las drogas psiquiátricas, la ingeniería genética y otras manipulaciones directas de nuestra infraestructura bioquímica. En Un mundo feliz, Aldous Huxley imaginó un mundo en el que la felicidad era el valor supremo, donde la población tomaba constantemente la droga soma, que hacía feliz a la gente sin dañar su productividad y eficiencia. La droga forma una de las bases del Estado Mundial, que nunca se ve amenazado por guerras, revoluciones o huelgas, porque todo el mundo está totalmente satisfecho con sus condiciones presentes. Huxley presentaba ese mundo como una distopía aterradora. En la actualidad, cada vez más científicos, diseñadores de políticas y gente corriente lo adopta como objetivo.

Hay quien piensa que la felicidad no es tan importante y que es un error definir la satisfacción individual como el objetivo de la sociedad humana. Otros están de acuerdo en que la felicidad es el bien supremo, pero piensan que la felicidad no se limita a las sensaciones agradables. Hace miles de años los monjes budistas alcanzaron la sorprendente conclusión de que perseguir sensaciones agradables es de hecho la raíz del sufrimiento, y que la felicidad se encuentra en la dirección opuesta. Si hace cinco minutos yo me sentía alegre o en calma, esa sensación ya ha desaparecido, y puedo sentirme enfadado o aburrido. Si identifico la felicidad con las sensaciones agradables, y deseo vivirlas cada vez más, no tengo otra elección que perseguirlas constantemente y, aunque las obtenga, desaparecen de inmediato y tengo que empezar otra vez. Esa búsqueda no conduce a ningún logro duradero. Al contrario: cuanto más ansío esas sensaciones agradables, más estresado e insatisfecho me encuentro. Sin embargo, si aprendo a ver mis sensaciones tal como son –vibraciones efímeras carentes de significado–, pierdo interés en perseguirlas y puedo estar satisfecho con lo que experimente. ¿Qué sentido tiene correr tras algo que desaparece tan deprisa como surge? Para el budismo, por tanto, la felicidad no son las sensaciones agradables, sino más bien la sabiduría, la serenidad y la libertad que vienen de comprender nuestra auténtica naturaleza.

Sea verdadero o falso, el impacto práctico de esas visiones alternativas es mínimo. Para el gigante capitalista, la felicidad es el placer. Punto. Con cada año que pasa, nuestra tolerancia hacia las sensaciones desagradables disminuye, mientras que nuestras ansias de sensaciones agradables aumentan. Tanto la investigación científica como la actividad económica están enfocadas a ese fin, y cada año producen mejores analgésicos, nuevos sabores de helado, colchones más cómodos y juegos más adictivos para nuestros teléfonos móviles, para que no tengamos ni un solo momento de aburrimiento mientras esperamos el autobús.

Todo eso no es suficiente, por supuesto. La evolución no ha hecho que los humanos estén adaptados a experimentar un placer constante, y por tanto el helado y los teléfonos móviles no sirven. Si, a pesar de todo, eso es lo que la humanidad quiere, habrá que reestructurar nuestros cuerpos y nuestras mentes. Estamos trabajando en eso

Para qué buscas el éxito

Muchas personas vienen a mi consulta, buscando eliminar bloqueos e introducir creencias que les impiden conseguir el éxito. Cuando les pregunto: ¿Cuál es tu definición de éxito?, las definiciones son diferentes para cada uno. Esto es importante, que significa para ti el éxito….
Veamos algunas de las respuestas con que me he encontrado.

  • Tener una carrera que revoluciona alrededor de mi vida real. Esta suena muy bonito, pero realmente que significa…?¿ Le pregunte a varias personas el significado de esta frase y realmente no es muy claro, tal vez alguna dinámica que genera cambios en la vida “real”?. Tal vez una carrera dinámica, que se va transformando y adaptando según mis necesidades reales

En otras el concepto es mucho menos filosófico y más concreto.

  • El éxito es lograr aquello que te propones
  • Para mi el éxito es sentirme satisfecha con los resultados.

En realidad estas van orientadas a la definición de éxito: El termino Éxito proviene del latín exĭtus, que significa “Salida” de ahí se determina que Éxito se refiere al resultado final y satisfactorio de una tarea. Si bien es cierto que el contexto del éxito se basa en el triunfo obtenido en una circunstancia, no necesariamente tiene que ser absoluta. Se considera éxito una acción a la que se le vio resultados positivos, mas no que sea una contienda que haya superado las expectativas. El éxito se obtiene a partir de la buena gestión y organización de las actividades a realizar, a fin que nos encontremos con los resultados esperados o aproximados.

Generalmente la definición de éxito, viene de la mano con abundancia económica, logro de metas, reconocimiento, pero la pregunta que hay detrás es para que. Para que quiero abundancia económica, para que quiero reconocimiento, para que quiero lograr mis metas. Puedo tener mucho dinero y no sentirme éxito, puedo lograr las metas y no sentirme éxito, puedo lograr aplausos y reconocimiento y no sentirme exitoso… porque el éxito es la respuesta a un PARA QUÉ que no siempre encontramos. Y no lo encontramos simplemente porque no lo buscamos. Cuantas veces te has detenido ha hacerte la pregunta de “PARA QUE”.

Responder el PARA QUÉ, es encontrar el propósito, las razones, lo que te impulsa al éxito, cuando encuentres tu PARA QUÉ sabrás como llegar al éxito.

Si tienes claro tu PARA QUE… cuéntame.

Esperanza

23 consejos para lograr el equilibrio

Si alguna vez has sentido que tu mente va a mil por hora, o que por más que intentas no logras encontrar aquella palabra que andas buscando, o que alguna emoción te nubla los pensamientos o que en cualquier momento tu cabeza va a explotar debida la frustración, estas técnicas están dirigidas hacia ti. Pero tranquilo, la verdad es que estos momentos le ocurren a todo el mundo alguna vez, felizmente la terapeuta Victoria Nazarevich nos presente varias técnicas para enfrentar estas situaciones y salir triunfante.
Sólo necesitarás un papel y un lápiz y empezar a dibujar, no necesitas talento ni tiempo, simplemente entregarte a la tarea. Pon en práctica estas estrategias y verás como logras la calma, la claridad y la tranquilidad casi de inmediato:

1. Si estás cansado, dibuja flores.
2. Si estás enojado, dibuja líneas.
3. Si estás triste, dibuja un arcoíris.
4. Si estás aburrido, llena una hoja de papel con colores diferentes.

5. Si te duele algo, esculpe.
6. Si tienes miedo, teje macramé o elabora aplicaciones de telas.
7. Si sientes angustia, haz una muñeca de trapo.
8. Si estás preocupado, practica origami.

9. Si estás tenso, dibuja patrones diferentes.
10. Si estás indignado, rompe el papel en pedazos pequeños.
11. Si estás decepcionado, haz una réplica de una pintura.
12. Si necesitas recordar algo, dibuja laberintos.

13. Si estás desesperado, dibuja caminos.
14. Si necesitas restablecer las energías, dibuja paisajes.
15. Si quieres entender tus sentimientos, dibuja un autorretrato.
16. Si necesitas entender algo, dibuja mandalas.

17. Si es importante recordar tu estado, dibuja manchas de colores.
18. Si necesitas sistematizar tus pensamientos, dibuja celdas o cuadrados.
19. Si quieres concentrarte en tus pensamientos, dibuja usando puntos.
20. Si quieres entender tus deseos, haz un collage.

21. Para encontrar la solución óptima a una situación, dibuja olas y círculos.
22. Si quieres concentrarte en una meta, dibuja cuadrículas y un blanco.
23. Si sientes que estás estancado y necesitas seguir adelante, dibuja espirales.

Fuente: El vaso medio lleno